A 50 años del inicio de la fonoaudiología en Chile: experiencias y desafíos actuales en salud pública

92 MARCO TEÓRICO Desde la teoría de las prácticas sociales toda práctica implica una dimensión simbólica —dada por el sentido— que tiene relación con la representación o significado social que se le da a las acciones (Ariztía, 2017). El sentido daría cuenta de una dimensión ética que, para ser aprobada socialmente, debiera sostener una coherencia con el contexto donde se lleva a cabo (Ariztía, 2017; Reckwitz, 2002). La Organización Mundial de la Salud (OMS) sostiene la idea de alcanzar equidad subsanando las desigualdades entre las personas y actuando directamente sobre los Determinantes Sociales de la Salud (DSS), reconociendo al género como uno de los determinantes estructurales dentro de este modelo (WHO, 2010). Desde esta óptica, el género construiría contextos sociales con una estratificación diferenciada para hombres y mujeres, que darían como resultado consecuencias diferenciadas para la salud entre ambos géneros (Cardona Arias, 2016). Atender al sentido, es decir, atender a la dimensión ética de la práctica profesional, no podría sostenerse al margen de esta perspectiva crítica, pues se perdería la coherencia de nuestro trabajo con el contexto social, político, económico y cultural que habitamos. Antes de iniciar este camino de pensar una ética feminista, resulta importante esclarecer que no existe una única forma de comprender el pensamiento feminista y que este se ha construido a lo largo de la historia (Carosio, 2017), por lo tanto, no existirá una única forma de comprender la “forma de hacer las cosas” desde esta vertiente. Sin embargo, en este caso particular, recurriré a algunos fundamentos de la perspectiva feminista interseccional, por las resonancias que tiene con las múltiples experiencias de discriminación que viven —vivimos— las mujeres en Latinoamérica y a ciertos principios que, transversalmente, se pueden situar dentro de una ética feminista, los que serán abordados en el apartado de metodología, al comprenderse como los principios orientadores de esta sistematización. El feminismo interseccional propone una forma de pensar y de nombrar las interconexiones e interdependencias que existen entre las categorías sociales y los sistemas que estructuran la vida, precarizando a unas personas por sobre otras (Atewologun, 2018). La interseccionalidad operaría, entonces, como un sistema complejo de estructuras de opresión, múltiples y simultáneas, y que interactúan dando origen a formas de discriminaciones diversas (Cubillos, 2015). Desde este lugar, la organización del poder —entre las categorías sociales— generaría

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