Estudios en homenaje a Alfredo Matus Olivier. Volumen II

– 734 – Estudios en homenaje a Alfredo Matus Olivier 2. PARTIENDO DESDE TRADICIONES FILOSÓFICAS Y PSICOSOCIALES La historia apenas esbozada arriba acerca de la valoración y el reconocimiento de las lenguas populares, originarias, en las instituciones públicas del Estado-nación permite reafirmar la antigua idea de que las lenguas son una poderosa fuerza social que va mucho más allá de la acción discursiva de transmitir información referencial en los intercambios comunicativos. Las visiones sobre otras personas –sus supuestas capacidades, creencias y atributos– están determinadas, en parte, por inferencias ‘ motivadas ’ por ciertos rasgos lingüísticos que portan y utilizan los hablantes. Un hispanohablante mexicano puede pensar que un indígena es ‘ inculto ’ o ‘ poco educado ’ simplemente porque percibe una pronunciación ‘ descuidada ’ del español. Calificaciones como las precedentes acontecen en todas las latitudes y circunstancias. La importancia de este punto es que las elecciones que gobiernan nuestras perspectivas o saberes sociales se forman también como referencia a las actuaciones lingüísticas (Cargile & Giles et al ., 1994). La comprensión de los procesos dinámicos y complejos de evaluaciones, cogniciones y regulaciones –motivados por la inevitable variabilidad lingüística y copresencia de idiomas en los contextos sociales y culturales– es el espacio principal del estudio de las ‘ actitudes lingüísticas’ , que se consolidó como una tradición académica dominante en la sociolingüística y en la lingüística aplicada de mediados del siglo XX. Desde el inicio, la investigación de las actitudes lingüísticas se vinculó estrechamente con la psicología social. Particularmente, con las teorías sobre los prejuicios (Allport 1935 y 1954; Brown, R., 1998) y la cognición social (Bruner & Tagiuri 1954). Esta línea de investigación se caracteriza por analizar las interpretaciones o representaciones de las personas (Dortier 2004) –y de sus predisposiciones– a partir de diversas conductas asociadas con las lenguas y las prácticas comunicativas y del subsecuente tratamiento a los hablantes asociados a tales conductas y formas. El primer intento de empleo técnico del concepto de actitud se atribuye a Thomas & Znaniacki en 1918 ( Apud Villoro 1984). Para los acuñadores de este concepto, las actitudes –y en especial, los estereotipos– constituyen el resultado hasta cierto punto natural del proceso de categorización o estratificación del entorno social. De este modo, la función social de las actitudes es reflejar la estructura y eventos sociales y, como consecuencia, justificar las conductas socioculturales del endogrupo (Leyens et al., 1996 y Leyens & Beauvois 1997). La pretendida posibilidad de anticipar, tipificar y explicar las interacciones sociales favoreció no solo el arraigo de esta concepción en la psicología social, también obtuvo una aceptación indudable en la mayoría de los estudios sobre actitudes acerca de lenguas, hablantes y comunidades de habla.

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