Las estancias magallánicas
Sus signos distintivos fueron varias chimeneas surgiendo de sus techos, la galería vidriada con plantas de interiores, un invernadero y un "jardín" protegido por cortavientos. Arquitectónicamente, los "palacios" de los administradores de las estancias maga– llánicas en Chile están más cerca del mito que de la realidad. Cierto es que por su extensión y construcción en material "sólido", o sea, con muros de ladrillos, las grandes casonas de Kimiri Aike, Cerro Castillo y San Gregario resultan bastante impresionan– tes en contraste con las otras viviendas de los cascos. Importantes también fueron las de Peckett Harbour de Sara Braun, reducida a escombros por un incendio, y la de Oazy Harbour de la Explotadora, sistemáticamente demolida no hace mucho. Pero no se pueden calificar de palacios a las casonas de Punta Delgada, Bories y Estancia María, así como a las de Caleta Josefina, San Sebastián, Cameron y Vicuña, en las que fue seguramente más que su amplitud, el refinamiento del mobiliario y equipamiento, las chimeneas para su calefacción, los jardines e invernaderos, los que crearon una imagen de señorío en los campos patagónicos (Figs. 58 a 61). Desaparecidas las Sociedades Ganaderas, la casa patronal más característica que subsiste en los campos magallánicos es la de las estancias de segunda generación, y las de algunas de las fundadoras que se renovaron siguiendo ese modelo . En Avelina, Tres Chorrillos, Río Verde, Olga Teresa, Brazo Norte, Laguna Blanca Wagner (El Ovejero), Río Penitente, Bahía Felipe y muchas otras, llaman la atención sus formas precisas y atractivas, debido a la participación en su diseño de varios arquitectos-constructores de Punta Arenas y Porvenir y a la existencia en estas ciudades de fábricas de puertas, ventanas y elementos de madera para la construcción. 69
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