Hacia una socioecología del bosque nativo en Chile
40 – hacia una socioecología del bosque nativo en Chile Interpretando las formas de conocer Desde los modos de conocimiento observados, pueden distinguirse dos formas o modalidades de conocer el bosque nativo. El modo tradicional, por una parte, de conocer tácitamente, como de carácter proverbial en “los árboles del cerro”, en que lo mismo se le sabe en su diferencia nativa (nace ahí, vive por sí mismo, nadie lo trajo) que le es obvia y consuetudinaria. Para una lógica tradicional, los árboles de cerro son evidentemente naturales y por lo tanto aquello no se enuncia. Allí están, son del cerro, es simplemente “el cerro”. Consensualmente, no plantea disputas terminológicas ni teóricas al respecto, todos sabiendo lo mismo: el cerro es para criar animales, la crianza de animales sirve para complementar los gastos básicos de la vida campesina desde siempre, adicionalmente el cerro también es para recoger leña, así como para la fiesta y el ritual. De modo a-problemático, se reconocían en detalle los árboles del cerro, pero no se “veían” pues no aproblema- ban; estaban allí desde siempre, como una prueba misma de la variedad cierta, lo sabido, lo común o cotidiano. Es lo que no se nota por lo evidente. Así conoció el cerro y lo seguirá conociendo el lugareño tradicional, por ejemplo, el arriero. Por otra parte, desde los modos novedosos o más actuales se abre una segun- da lectura posible del conocimiento, ahora si del bosque nativo. Aquí aparece explícitamente, como concepto propio y fuerte, y con ello polémicamente, como una disputa por lo nativo y su significado social. Aparece problemáticamente, por los signos de una naturalidad interrumpida con ocasión del gran cambio de los años ochenta. Por esa época, se infiere que el cerro y el bosque empezaron a desordenarse; en general las cosas de los humanos comenzaron a desordenarse y con ello también la naturaleza en esta zona. Es en ese contexto de reordena- miento donde emerge, como problema y como objeto, el bosque nativo sobre el fondo previo preexistente del cerro y sus árboles . La cuestión está abierta entre un reconocimiento y una negación. Por eso hoy al bosque nativo no se le puede no saber, o dar por obvio de manera tácita: o se le sabe y se le reconoce como tal por una parte, o se le sabe y se le niega por otra, sea en la forma vergonzante actual de la recolección furtiva de leña, o en la forma pro-social potencial de la industria forestal o sobre todo, de la industria frutícola. La excepción puede ser un tercer conjunto que no re-conoce ni niega, sino que simplemente des-conoce , como una suerte de ignorancia masiva del nuevo poblamiento urbano, desconectado de la antigua cotidiana relación con el cerro y no reconectado con una nueva relación reflexiva con el bosque nativo y sus cuidados. Pero tanto aquel saberlo, como lo dado por sabido, como pintado en el cerro, como el sentido común naturalizado de los siglos anteriores, no caben ya como modos dados de relacionamiento. Así, si en la lógica tradicional el bosque
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