Desafíos críticos para Latinoamérica y el Caribe

32 Por otra parte, en la actualidad la distinción entre países desarrollados y en desarrollo ya no es tan clara como en el pasado, dada la creciente heterogeneidad de estos últimos. Alonso (2013) plantea que “la ayuda internacional nació confiada en el supuesto de que los países en desarrollo conformaban una realidad homogénea y marcadamente diferente a la propia de los países desarrollados (la brecha Nor- te-Sur)” (p. 1). Dicha situación ya no refleja la realidad actual, en tanto los países se encuentran cada vez más en una escala continua y dilatada en términos de desarrollo. Asimismo, la existencia de un mun- do más multipolar, donde ya no existen dos bloques claramente diferenciados como en la posguerra, también cuestionan la distinción anterior. Por el contrario, en la actualidad se constata la presencia de “nuevas potencias provenientes del mundo en desarrollo [que] han emergido, dotadas de un elevado dinamismo y con creciente capacidad de proyección internacional” (p. 2), que no son fácilmente clasifi- cables en las categorías tradicionales (“desarrollados” o “en desarrollo”). Sumado a lo anterior, el 70% de las personas pobres del mundo viven en países de ingresos medios, los cuales constituyen más de la mitad de los países del mundo (CEPAL, 2012). Según Sumner (2010), es evidente que el problema de la pobreza global ha mutado: se estima que en 1990 más del 90% de los pobres del mundo vivían en países de ingresos bajos, mientras que a finales de la primera década del siglo XXI casi tres cuartas partes lo hacían en países de ingresos medios. A pesar de ello, en las últimas décadas los donantes han priorizado a los países con ingresos bajos a la hora de transferir fondos de cooperación internacional: mientras que en 1990 alrededor de la mitad de la AOD estaba destinada a países de ingresos bajos y menos adelantados, en 2010 esta participación aumentó a más del 65% (CE- PAL, 2012). Dicha tendencia se vio reforzada por la Declaración del Milenio suscrita en el año 2000, la cual instó a los países donantes a priorizar a los países con menores niveles de renta como receptores. En este contexto, entre 1970 y 2010 se registró una progresiva disminución de la participación de los países de renta media en la captación de AOD. Como muestra el Gráfico 1, ésta pasó de representar un 75% del total a menos de la mitad de los flujos financieros, si bien esta tendencia ha tenido un leve retroceso desde entonces (Tassara, 2020). En particular, como surge del Gráfico 2, mientras que alrededor de un 15% de la AOD era percibida por los países de América Latina y el Caribe a principios de los años setenta, su participación se redujo a un 7% en 2017. En la misma línea, a mediados de la década de 1960 la AOD significaba para dichos países el 1,5% del producto regional, descendiendo a 0,4% en los años noventa y a 0,22% en 2016 (Tassara, 2020). Todo ello pone de manifiesto la creciente exclusión de los países en desarrollo que alcanzan cier- tos niveles de ingreso per cápita, en particular los latinoamericanos, de los flujos de AOD provenientes de los países desarrollados.

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