Desafíos críticos para Latinoamérica y el Caribe

31 nantes pesarían en mayor medida en la provisión de AOD bilateral. No obstante, cabe señalar que la evidencia sobre lo anterior es en algunos casos contradictoria. Dollar y Levin (2006), por ejemplo, plan- tean que desde inicios del siglo XXI la ayuda multilateral es más selectiva que la bilateral en términos del nivel de democracia y estado de derecho de los países receptores. Sin embargo, Gulrajani (2016) re- pasa literatura posterior que relativiza dicha afirmación. Así, concluye que la evidencia reciente sugiere que la AOD bilateral es más selectiva considerando criterios de gobernanza, pero sin embargo la AOD multilateral presenta una selectividad mayor en términos de pobreza y necesidades del país receptor. Para ilustrar esta afirmación el autor retoma los resultados del análisis de Palagashavili y Williamson (2014), que plantean que los donantes bilaterales destinan alrededor de un quinto de su ayuda a países de ingresos bajos, mientras que las agencias multilaterales otorgan en promedio más de la mitad. En síntesis, siguiendo a Neumayer (2003), puede afirmarse que la evidencia muestra que tanto los intereses de los donantes como las necesidades de los receptores tienen algún tipo de influencia en la asignación de AOD para la mayoría de los países donantes, registrándose diferencias a nivel bilate- ral y multilateral. Es importante señalar que los diversos autores reseñados utilizan distintas variables, metodologías de análisis y consideran diversos períodos temporales y conjuntos de países, lo que en algunos casos dificulta la comparabilidad de los resultados obtenidos. Asimismo, es oportuno mencio- nar que, más allá de las conclusiones extraídas a nivel agregado, la mayoría de los estudios reseñados advierten comportamientos diferenciales a nivel de motivaciones para la provisión de AOD bilateral entre los países donantes. EL INGRESO PER CÁPITA COMO CRITERIO EXCLUSIVO PARA LA DETERMINACIÓN DE LA AYUDA La revisión de literatura esbozada en la sección anterior en lo que refiere a las variables que explican la provisión de AOD plantea varias líneas de investigación futura. Una limitación es que todos los autores reseñados utilizan los datos provistos por el CAD para realizar sus análisis, por lo que estos quedan restringidos al universo de países receptores habilitados para recibir AOD (aquellos poseedores de un INB per cápita medio o bajo). Por lo tanto, dicha revisión no permite identificar los patrones de conduc- ta de los países donantes con respecto a todos los países receptores de CID en el sentido amplio del término. No obstante, pone de manifiesto que las motivaciones para brindar ayuda son diversas y no se encuentran circunscritas a una única dimensión. En este sentido, resulta al menos pertinente cuestionar la consideración del INB per cápita como criterio fundamental para la asignación de AOD. Por un lado, si bien dicho indicador permite dar seguimiento a la evolución de una determinada eco- nomía y realizar comparaciones entre países, su uso preminente para la medición del desarrollo ha sido frecuentemente criticada. Ello porque se trata de un indicador de crecimiento económico pero no necesariamente de bienestar o de desarrollo, en tanto el primero puede darse por motivos diversos (descubrimiento de nuevos recursos, aumento de la población activa, mejoras de productividad, entre otros) que no necesariamente se traducen en una mejora de la calidad de vida de la población en tér- minos educativos, sanitarios, ambientales o sociales (Romero, 2020). En particular, existe evidencia de que el vínculo entre ingreso per cápita y bienestar se debilita a medida que los países incrementan sus ingresos. Asimismo, en la medida que esto sucede, otras dimensiones del bienestar adquieren mayor relevancia para los individuos (Nieto Parra y Salinas, 2020). Por su parte, las dimensiones contempladas en el cálculo de los ingresos per cápita se circunscriben a aquellas que pueden ser monetizadas, ex- cluyendo otras tantas que son altamente valoradas pero no tangibles o comercializables (por ejemplo, seguridad, felicidad, confianza, equidad, etc.). Tampoco se consideran actividades tales como las tareas domésticas y de cuidado no remuneradas, el trabajo voluntario o las redes de apoyo comunitarias, que son pilares fundamentales en las sociedades actuales y realizan un aporte relevante al bienestar (Ro- mero, 2020).

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