Desafíos críticos para Latinoamérica y el Caribe

253 Un rasgo a veces problemático, que siempre acompañaba el movimiento popular de mujeres desde su nacimiento era la existencia de dos vertientes dentro de este, pues adquiría distintas connotaciones en los mundos rural y urbano, e incluso dentro de cada uno había diferencias abismales; la «problemática de la mujer» adquiría tantas peculiaridades y se articulaba en tan variadas condiciones que difícilmente se sostenía la posibilidad de una instancia común o de demandas conjuntas (Espinosa, G. pp, 17) Más adelante los roces entre las “populares” y las “feministas puras” (históricas) no se hicieron esperar, en gran parte se debieron a diferencias de jerarquización de agendas y porque las feministas históricas no consideraban a las mujeres del bando popular como feministas. Las mujeres del movimiento popular, tuvieron que re pensarse nuevas formas de accionar colectivo, así como también re-pensarse a sí mismas, buscando una transformación de lo tradicionalmente conoci- do como “femenino” y nuevamente cuestionar su papel en sus núcleos cotidianos, asumiendo vías de acción más efectivas 13 . Por otra parte, también crearon espacios micro políticos, donde apoyadas por organismos civiles, realizaban talleres, conversatorios etc. 14 De esta manera le dieron vida a la frase “lo personal es político” (Kate Millet) y en la segunda mitad de los 80 estas mujeres acuñaron el término de “feminismo popular” 15 . A finales de esta década, todas las vertientes feministas estaban vinculadas con la izquierda del país, y apoyaron a esos partidos en busca de la democracia. Sin embargo, a inicios de los 90 el feminismo popular entró en crisis debido a la di- solución de las principales organizaciones que dieron vida a esa vertiente feminista. NUEVAS APUESTAS REIVINDICATIVAS: FEMINISMO INDÍGENA Para los 90 la lucha de las feministas mexicanas radicaba en que los partidos asumieran agendas femi- nistas, y candidaturas femeninas. Para esta misma década, se vivían las consecuencias de los estragos que había dejado el neoliberalismo en la “década perdida”, los sectores del espectro social más despro- tegidos, eran mujeres e indígenas, por lo que esa situación de crisis económica había generado nueva- mente un contexto de desigualdad. Así que para 1994 se dio el levantamiento zapatista mostrando la furia social por la discriminación, y la exclusión a este sector. Posteriormente, el movimiento indígena que prosiguió incluyo una línea organizativa de mujeres y se comienzan a estructurar el verdadero fe- minismo indígena 16 . El reto dentro de este feminismo radicaba más bien en la articulación de la etnia, la clase, el género y la ruralidad. Parecía una combinación bastante desalentadora pues en todas y cada una había existido una fuerte exclusión desde tiempos inmemorables 17 . Este interés por organizarse dentro de sus comunidades en gran parte se debía a que varias mujeres se 13 enfrentándose a la violencia de sus maridos y las críticas recibidas por parte de sus hijos y de sus suegras, al intentar redefinir los lugares y tareas de cada miembro al interior del hogar; las mujeres intentaron llevar estos cambios hasta las últimas conse- cuencias incluso si esta implicaba la ruptura conyugal. 14 Donde cuestionaban: trabajo doméstico, trabajo asalariado, trabajo rural, tenencia de la tierra, sexualidad y violencia, fueron los más socorridos; pero también se abordaron problemas de salud, la «educación sexista de los hijos», la participación social y política de las mujeres, su dificultad para acceder a las direcciones y la «opresión de la mujer» (Espinosa, G. 2008) .    15 hacían un sólido énfasis en que su sentido popular, hacía referencia a sus orígenes y a “la idea de que el cambio social se haría junto con el pueblo y no sólo por y para las mujeres” (Fernández, A. 2002)     16 siendo que en la vertiente campesina del feminismo popular que surgió en los ochenta latía ya el germen del feminismo indí- gena, no es sino hasta este momento que las mujeres indígenas junto a algunas campesinas, se comienzan a organizar. 17 Sin embargo, esta nueva vertiente contaba con la ventaja de que podía construirse sobre la sistematización de experiencias anteriores en el feminismo, pues por una parte tomaba conceptos y experiencias de la vertiente campesina del feminismo popular, y conocía también el dialogo que se había entablado históricamente entre las izquierdas y el feminismo (Espinosa, G. 2008).

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