Andrés Bello: libertad, imperio, estilo

765 zada. La ilustración está allí mui poco difundida. La oscuridad reina siempre en una cárcel; la luz penetra con dificultad a través de las rejas i barras de un calabozo. El gobierno desatiende los intereses morales e intelectuales del país, para no fijarse mas que en los inte- reses materiales. Los dueños de aquella rica comarca gustan que se cultive la tierra, pero no el espíritu; de que prospere el comercio, pero no las ciencias. La metrópoli asalaria soldados i esbirros para mantener a los colonos en la obediencia; pero no pagan maestros competentes para que los eduquen, establece aduanas i oficinas para percibir los impuestos, pero no funda bibliotecas bien provis- tas i colejios que merezcan este nombre; fomenta los cafetales i las plantaciones de cañas, pero pone mil trabas a las producciones de la prensa. Escusado parece advertir que las letras no pueden flore- cer con la debida lozanía en medio de una poblacion que apénas sabe leer i cerca de un gobierno que persigue a los que escriben. 165 Pese a la Colonia, aunque no pudo desarrollar su genio todo lo que hu- biese sido posible, Plácido fue un gran poeta, no obstante “los lunares” que hay en su obra, y de los cuales culpan a “los sostenedores del siste- ma restrictivo que impera en Cuba”. Aquellos, dirán, “le han quitado su vida, i le han robado una porcion de su gloria”, pues Plácido murió fusi- lado en 1844 a manos de los sostenedores del régimen colonial cubano. La sociedad colonial que imperaba entonces en Cuba, según los Amunátegui, era racista y clasista a más no poder. Hacía una distinción clara, tajante e insalvable entre blancos, mulatos y negros, y entre los blancos distinguía a españoles y criollos. La ausencia de meritocracia habría sido asfixiante: “La casualidad del nacimiento es antepuesta en todo i por todo al mérito personal”. El poeta tiene conciencia de su superioridad espiritual, pero ella no es reconocida por su medio: “¡Sen- tirse grande por su talento i verse pequeño por su clase!”. No obstante, aquella misma conciencia, si bien le enrostraba la injusticia de que era víctima, a la vez lo socorría: “[Su] desesperación [...] no habría cono- cido límites, si no hubiera tenido la persuasión íntima de sus fuerzas”. Los hermanos Amunátegui reproducen un poema de Plácido que trata 165 Ibid., p. 43 .

RkJQdWJsaXNoZXIy Mzc3MTg=