Andrés Bello: libertad, imperio, estilo

685 Al señor Andrés Bello: Árbol majestuoso de la zona tórrida trasplantado a Chile, caen tus hojas en el invierno de la vida. El soplo de la muerte destroza tus injertos, dan sombra al sepulcro de tus hijos. Has cobijado a una generación literaria allá en mi tierra. Has ali- mentado a las inteligencias y has refrescado los cerebros ardientes, señalando las estrellas al través de tu follaje. Hoy tu sombra es sagrada. Mansión del dolor y de la muerte, nos acercamos en silencio a escuchar el soliloquio del padre conversan- do con las memorias de los que ya no son. 15 Capaz de revivir a un muerto con un halago, así era Bilbao. Era exage- rado, pero como aquellos valores del ánimo, su fuerza infundía fuer- zas. Era un alma dentro de un corazón, no de un mero cuerpo. Había cuentas pendientes entre Bilbao y Bello, pese a los halagos. Bilbao podía haber sido inscrito entre sus principales detractores, pero en estas horas aciagas sus palabras deben haber sido reconfor- tantes; y es que la imagen de Bilbao era la de “el pobre muerto chile- no, con sus ojos de Bécquer y su frente de Mazzini, y su cabellera os- tentosa de estudiante, siempre inquieta con el fuego de adentro, que mandaba propagar por el mundo la verdad racionalista”. 16 Quien así escribió, José Martí, un lejano aliado de Bilbao, escribió sobre Bello estas palabras que ponen la piel de gallina y en las que se manifiesta 15 Epistolario II, en Bello (Vol. XXVI, p. 309 ). La carta sigue así: “Las sombras ama- das evocadas en el corazón viven en ti. Dinos, oh, padre, las palabras de vida que derraman en tu seno desde las mansiones de la vida.// Raquel no quiso ser consolada. Sublime desconsuelo de las madres, no te invoco; pero tú serás consolado. Un padre llorando a sus hijos, es una trípode sagrada que sacude el espíritu de Dios para revelar a los hombres los acentos de la inmortalidad. Tú lloras, porque en el día de la última revista, cuando cuentes a tus hijos alrededor del lecho de la muerte, algunos faltarán al llamamiento paterno.// No llores, oh padre, por esas ausencias anticipadas, como un proscripto por los horizontes de su patria. Regocíjate, oh padre, por esa vanguardia que el destino te ha colocado en el camino de los cielos”. Sobre estas muertes, que se van sucediendo frente al anciano Bello, escribe a Manuel Ancízar, en Santiago, en diciembre de 1854 : “[…] Estos golpes tan repetidos producen en mí un efecto indefinible; no tanto de do- lor, como de encallecimiento de fría desesperación. Creo que pesa sobre mí una maldición que me condena a una vejez solitaria. ¡Dichosos aquellos a quienes quedan todavía ilusiones en la vida!”, ibid ., p. 314 . 16 Martí ( 2003 , p. 352 ). Ver “Apuntes sobre personajes de la historia de Chile”, en Benítez ( 1995 , p. 216 ).

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