Andrés Bello: libertad, imperio, estilo

633 traducción pasa a ser una forma de pulir la lente, pero con la certeza de una transparencia absoluta imposible. Empero, el planteamiento de Bello pareciera ser ligeramente distin- to. Para comenzar, es preciso no olvidar que el dominio de las lenguas y la capacidad de traducir despejaban muchas incógnitas y prevenían malos entendidos, 495 dilatando las fronteras de la idiosincrasia nacio- nal. Bello vio esto en Londres cuando dedicó varios de sus cuadernos a anotar aspectos relativos a la traductibilidad durante la Edad Media. Ahora bien, Bello no ve con buenos ojos las incorporaciones extran- jeras a la lengua española; considera que la lengua debe ser conocida no de forma comparada, sino que como si se tratase de una única lengua, 496 495 Una nota de Bello a propósito del papel que jugaron los monjes intelectuales medievales, celosos recolectores de libros, permite observar el aporte específico de las traducciones directas: “ En el siglo XI la filosofia de Aristoteles habia sido condenada como heretica por la Universidad de Paris. Cerca de cien años despues fué calmandose la preocup[ació]n, y se publicaron en latin nuevas traducc[io]nes de Arist[óte]les por Miguel Scotus y otros, con mas atenc[io]n al original griego, ó á lo ménos sin las pomposas y embarazadas locuciones que aparecian en las versio- nes Arabigas, hasta entonces usadas . Nacieron entonces las ordenes mendicantes, que haciendo uso de las nuevas traduc[cio]nes, revivieron la doctrina del Estagirita. (Joann. Laun. de varia Aristotelis fortuna, Paris 1662 )” . Cuadernos de Londres, cuaderno III, en Bello ( 2017 , p. 162 ). 496 Esto no significa que Bello no haya, para efectos explicativos, recurrido a compara- ciones o a efectos de contraste. Por ejemplo, en la nota VIII de su Gramática, que trata sobre “lo” predicado, escribe: “ Muerte, por ejemplo, no es femenino porque nos sea natural representarnos la muerte bajo la imagen de una mujer, sino, al con- trario, asociamos la idea de este sexo a la muerte, porque el sustantivo que la signi- fica se construye con aquella forma de adjetivo que solemos juntar a los nombres de mujeres o hembras. La muerte figura como varón en las personificaciones poéticas de los griegos, porque su nombre en griego era thanatos, masculino. En la formación de las lenguas, con todo, es preciso que al dar un género mas- culino o femenino al objeto que carecía de sexo, o un complemento de objeto paciente a un verbo que no significaba acción, sino ser o estado, ocurriese a los hombres alguna aprehensión o fantasía, que se incorporase de ese modo en el lenguaje; a la manera de lo que vemos en la lengua inglesa, donde, desde que la imaginación personaliza un ser inanimado o abstracto, le da el sexo, y por consiguiente el género, masculino o femenino, que más natural le parece. Así, en aquella lengua, la muerte personificada es constantemente varón: carácter que es sin duda el que mejor se aviene con la idea de actividad vigorosa y destructora que la imaginación le atribuye. En el Paraíso Perdido de Milton, Death y Sin (la muerte y el pecado) aparecen bajo sexos diferentes de los que un poeta castellano les atribuiría; aquélla, varón; éste, hembra. Ahora, pues, ¿quién desconoce lo caprichosa que es en estas aprehensiones la imaginación? ¿Por qué no podrá ella fingirse en la existencia misma una especie de actividad? ¿No damos a estar un acusativo reflejo cuando decimos que uno se está en el campo, se está escondido? ¿No atribuyen estas frases a la existencia una sombra de acción sobre las cualidades y modo de ser? En castellano el mismo verbo ser admite alguna vez un acusativo reflejo; lo que no haría, si no se concibiese en su significado cierto color o apariencia de acción. La verdad es que en el origen de las

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