Andrés Bello: libertad, imperio, estilo
310 Es de este modo que, en su opinión, “los gobiernos antiguos, y prin- cipalmente los gobiernos despóticos, han mirado como un principio vital de su política retardar lo posible el reconocimiento de toda auto- ridad nueva que salía del seno de una revolución, y tratarla con todas las señales exteriores de repugnancia y disfavor”. 246 Y hay que señalar débiles reliquias del imperio otomano para correr los riesgos de una guerra, que por dichosa que fuese, sólo le ofrece una recompensa comparativamente mezqui- na. Las rentas de las potencias continentales no se hallan en estado de sufragar a los enormes costos de una contienda, a que es necesario que concurran con todas sus fuerzas para que haya la menor esperanza de buen suceso, y la Inglaterra está incapacitada de darles ahora los poderosos auxilios que en otro tiempo”. “La revolución francesa de 1830 ”, en Bello (Vol. XXIII, p. 100 ). 246 En “Relaciones diplomáticas de los gobiernos de hecho”, artículo publicado en El Araucano, números 272 , 276 , 282 del 20 de noviembre y 18 de diciembre de 1835 , y 29 de enero de 1836 , Bello escribe: “Las reservas y desvíos que han manifestado las naciones del mundo antiguo a los estados nuevos que se han desmembrado de alguna de ellas, se han fundado en razones de interés propio, y no en principio alguno de equidad natural. En las cuestiones de esta especie, los gobiernos monárquicos simpatizan íntimamente unos con otros; y los votos de los pueblos suelen pesar menos en su balanza que los intereses particulares de familia y de la causa monárquica. Un estado republicano tiene sin duda que rendir homenaje al orden público de la sociedad universal. Mas, desde que un gobierno da leyes, y es obedecido sobre un territorio extenso, reconocer que existe no es más que abrir los ojos a la luz; y tratarle como amigo es una conse- cuencia precisa de este reconocimiento, mientras no haya motivos de justicia y conveniencia que nos obliguen a pronunciar que sus títulos son ilegales y su existencia una usurpación; pronunciamiento que es un acto hostil y debe soste- nerse a mano armada [...]. No ignoramos que los gobiernos antiguos, y principalmente los gobiernos des- póticos, han mirado como un principio vital de su política retardar lo posible el reconocimiento de toda autoridad nueva que salía del seno de una revolución, y tratarla con todas las señales exteriores de repugnancia y disfavor, si es que no se creían autorizados para tomar las armas contra ella, y concurrir a sofocarla. Ellos tenían y tienen sus razones para proceder de este modo; nosotros nos ha- llamos en el caso de adoptar una conducta diferente. Nuestra política debe ser no intervenir en las disensiones domésticas de nuestros vecinos; y nuestras misio- nes diplomáticas deben considerarse como medios de comunicación destinados únicamente al patrocinio de los intereses nacionales y al cultivo de todas aquellas relaciones que son compatibles con una estricta neutralidad. Esos mismos gobiernos tan reservados y circunspectos para el reconocimien- to de los nuevos estados desmembrados de un imperio antiguo, no han vacilado en proceder de un modo más conforme a los sanos principios todas las veces que algún interés político especial no les aconsejaba una conducta contraria. La cues- tión de la Holanda y la España, y la de la España y los nuevos estados americanos, ofrecen ejemplos bastante análogos al caso presente. La soberanía de España no es un todo menos indivisible en el concepto del gabinete español, que la del Perú en el concepto de la administración peruana de Arequipa. Y si fuese un agravio al jefe supremo del Perú la recepción de un enviado de su competidor en la corte de un estado amigo, sería también un agravio al monarca español la recepción de un enviado mejicano o colombiano en la corte de Londres, París o Washington. Pero, aunque tal fuese el sentido en que se expresaron los agentes españoles cerca de aquellas cortes cuando éstas trataron de reconocer formalmente a los nuevos estados, no se creyó que debía darse oído a sus reconvenciones, ni sacrificar los
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