Esos grandes detalles: 92 relatos escritos durante la pandemia

265 esté frío: ni que el huevo sea recién sacado del refrigerador, ni que la superficie donde se amasa sea de piedra o de metal. Es que parece que el calor es la clave de esa masa que se vuelve increíblemente placentera en las manos. Intento grabar una canción a la semana, un cover con guitarra que me obligue a pasar un día a la semana lejos del computador, ensayando, sacando los acordes. En eso, he descubierto que puedo poner mi voz en un lugar que me permite alcanzar tonos más agudos de lo que pensé. Se siente como si, por un momento, dejaras salir a alguien un poco ridículo y dramático que vive dentro, para que se empine sobre el tono siguiente. Con un poco de práctica, logro que ese espíritu barroco suene afinado y propio. Se amplía, entonces, mi repertorio musical. El gato parece cómodo, como si hubiera estado esperando este lugar con más espacio. Preparo y hago clases, contesto mil correos diarios –“es que profe, ya no doy más, es la pantalla, todo el día la pantalla”, estudiantes enfermos, toda la familia contagiada, colegas muertos- y hago como que creo en este espejismo de universidad al que estamos jugando a los tirones. Sueño con que vienen las amigas y abrimos un vino, o que viene mi mamá y me ayuda a solucionar, como siempre, algún pequeño problema doméstico que no abordo medio por desconocimiento, medio por desidia. Trato de abrazar como propio ese hoyo en la pared, la esquina que junta polvo, pero qué más da; las ventanas sin limpiar que a quién le importan. Ya casi no veo, o hago que no veo, los pelos del gato en la ropa. Dos esquinas más abajo hay una verdulería y a media cuadra un almacén/ botillería. Suficiente. Pero todavía no hay cotidianeidad invisible aquí, todo es nuevo y resalta como un acontecimiento histórico. No salí a caminar en la noche por el barrio nuevo, no descubrí el café secreto donde ir a leer, no sé el nombre del señor del almacén. No alcancé a ir a la plaza ni ubiqué el lugar donde se va a tomar vino cuando cae la tarde. Se van a cumplir 8 meses desde que vivo acá y no, no hay nada cotidiano. Nada permanece , todavía. A menos, claro, que este bicho indiscreto desnudando un país dolorosamente injusto sea lo habitual, tan habitual que ya no lo vea. O que la regla de la impunidad de sus crímenes sea, otra vez, la norma. Que mi nuevo paisaje sea esta pizarra con cifras que ya ni siquiera puedo seguir no sólo porque nos mienten, sino porque no alcanza el alma. Y no. No quiero, no puedo.

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