Esos grandes detalles: 92 relatos escritos durante la pandemia

264 Pero novedoso de verdad, no un cover de otra cosa anterior. Tal y como advertía este nuevo paradigma de lo incierto, el virus ya estaba aquí. Un día martes nos fuimos cada uno a nuestras casas y no volvimos a vernos. Al menos hasta hoy, que escribo esto. * Me he concentrado en cada una de las cifras que dan en el informe diario. Justo antes, los primeros días de la cuarentena y a modo de nuevo hobby , había retomado un libro: Física para la ciencia y la tecnología , de Paul A. Tipler. En la pizarra que siempre usé para anotar mis actividades en un calendario mensual, empecé a hacer ejercicios de mecánica clásica: ¿cuánto demora un avión que partió a las 14 horas de Chicago y vuela a una velocidad constante de 300 km/hr en llegar a Washington? ¿Cuál es la aceleración media de un auto que se mueve hacia el este a 60 km/hr, toma una curva, y 5 segundos más tarde viaja hacia el norte a 60 km/hr? La hermosa nomenclatura, deltas, t1, t2, distanciapartidoportiempo, se transformó paulatinamente en casos nuevos diarios, muertos, activos, camas críticas disponibles. Puedo proyectar que, a este ritmo, estaremos más o menos así en un mes. Que si el 5% se enferma grave, entonces no podemos, no debemos, llegar a tal número de activos. Ante todo, es necesario que esa curva que ilustra las nuevas personas contagiadas, considerando el retraso de la información, se acerque a la que muestra el número de personas recuperadas. Dos mil quinientos contagios diarios, es el número que me permito decretar como meta. La ilusión de descubrir algo en mis cálculos básicos, la forma de evadir la dimensión de lo nuevo inabarcable, insoportablemente infinito. Un día, las cifras se desarman. No sé qué rangos seguir. Los números no calzan. Están mintiendo. * La casa nueva es efectivamente más cómoda que la anterior. Tengo mi propia pieza de trabajo y organicé aquí mi escritorio, mis guitarras, mis discos y mis libros. En las paredes he pegado con cinta adhesiva, a falta de tarugos y taladro, los grabados que me regaló la Cata, el tejido en telar que me hizo José Manuel, mis tesistas hoy ya convertidos en artistas. Cocinamos todos los días y aprendí a hacer pan, pastas, ñoquis, pizza y, en general, cualquier cosa que tenga harina. Un huevo y 100 gramos de harina son la medida por comensal cuando se hacen tallarines. Y que nada

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