Artistas en la industria: los orígenes del cine sonoro chileno
44 salas del país comenzaron a implementar proyectores y equipos de reproducción de sonido, desplazando irreversiblemente al sonido silente. La favorable respuesta del público podría corroborarse con la permanencia de todas estas películas por varias semanas en cartelera, aún cuando se experimenta un breve periodo de dis- puta respecto a los estándares de proyección: “Ya en Chile hay cierto ambiente en contra del cine sonoro, por causa de un ensayo desgraciado que se hizo hace algunos meses con un aparato deficiente” ( El Mercurio , 20 de febrero de 1930, p. 18). Esta dualidad es la misma que se experimenta en Hollywood, ilustrado en la icónica película “The Jazz Singer”: “El cantante de jazz, cuyo estreno en octubre de 1927 fijó un jalón histórico. Pero como ha sido reiteradamente acotado, esa fecha fue sólo simbólica. Desde entonces y hasta diciembre de 1929 el cine norteamericano vivió una transición del sistema Vitaphone al sistema Movietone (sonido en el celuloide), con films que solo en parte eran sonoros” (Thevenet, 1993, p. 163) Para los historiadores Jacqueline Mouesca y Carlos Orellana, el año 1930 resultaría el que definitivamente marca la llegada del cine parlante al país, principalmen- te por la incorporación de manera predominante del sonido óptico en las salas locales: “El 4 de Abril se proyecta El Cantor de Jazz en el Teatro Victoria, formán- dose en las funciones largas colas de espectadores. En agosto se exhibe Anne Christie, en que se oye por primera vez la voz de Greta Garbo” (Mouesca, 1998, p. 130) Sería de esta forma que junto al Carrera, La Comedia e Imperio, la cuarta sala que se acondiciona con equipos de reproducción sonoro es el Teatro Victoria, que estrena la famosa “El Cantante de Jazz”, también con éxito de público. A partir de este momento, la avalancha de películas sonoras bajo sistema Movietone se instala en primeramente en Santiago y posteriormente en diversas ciudades del país: “Hacia 1930 cuando el cine parlante ya se ha apoderado de muchos escenarios en todo el mundo, se reanudan los intentos por implemen- tar el sonoro en Antofagasta. Así, en la primera quincena de mayo de 1930, se exhiben en el teatro Alhambra una serie de cortometrajes sonoros entre el 6, 7 y 8 de mayo de 1930” (Jara, et al, 2008, p. 77)
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