Artistas en la industria: los orígenes del cine sonoro chileno

35 “Al concluir la guerra, Bazoberry se trasladó a España, en octubre de 1935. En Bolivia no había una infraestructura cinematográfica suficiente como para hacer el trabajo de terminación de su película, y prefirió invertir todo lo que tenía para cumplir sus objetivos en Bar- celona. Allí hizo revelar lo que había filmado y descubrió que el 60% del material no servía para nada. El clima del Chaco seguía luchando en su contra. El cónsul de Barcelona, Dr. Rafael Ballivián, le extendió un documento certificando lo que había sucedido con la película. Con tres mil metros en buen estado tuvo que montar La guerra del Chaco, en los laboratorios Bosch (Barguño, según su hijo). Para financiar el costo que representaba el trabajo de laboratorio, trabajó para esa misma empresa filmando cortos comerciales. Más de un año vivió sa- crificadamente esta situación, mientras la familia pasaba por unas circunstancias no más ventajosas en Bolivia. Pero sin estos esfuerzos y sacrificios, no hubiese logrado nada. En cambio, hizo el montaje y so- norizó la película con un comentario” (Gumucio Dagrón, 1983, p. 143) Las salas de cine latinoamericanas, determinadas por un nivel artesanal en la pro- ducción, transformaron las pantallas en exhibidoras disponibles a producciones norteamericanas, generando una crisis regional que sólo se subvirtió hacia finales de los años cincuenta, con la aparición de una nueva generación de cineastas que asume las precariedades tecnológicas como un motivo discursivo 22 . Siguiente página: Fuente: El Mercurio, 22 de febrero de 1930 Cineteca Universidad de Chile

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