Malestar y destinos del malestar: políticas de la desdicha vol. 1

28 – malestar y destinos del malestar Políticas de la desdicha del superyó, estos resultan irremediablemente dobles y peligrosamente contradicto- rios: por un lado, se encuentra la causa endógena del superyó por la inversión de la agresión innata (ligada a la pulsión de muerte) contra el individuo mismo; mientras que, por otra parte, se encuentra todo aquello que está ligado a la angustia frente a la autoridad social y a las interiorizaciones de las imagos parentales idealizadas. Ahora bien, como los lectores de Freud lo han señalado – y en primer lugar William R. Fairbairn 21 –, ambas causas no son en modo alguno necesarias. De he- cho, cada una bien puede prescindir de la otra. Incluso cuando Freud las entrelaza para reforzarlas mutuamente una a partir de la otra, el problema permanece y su solución se mantiene irresuelta. Ya que, en el fondo, bien se puede recomenzar el cír- culo generador del superyó en la relación con el objeto externo – la autoridad en la que la imago parental es investida –, realimentando luego la culpabilidad y la auto- agresión mediante el apoyo del factor pulsional intrapsíquico que el naturalismo biologizante de Freud ubicaba en el origen – salvo que este último sólo juegue aquí un rol contingente. Pero, si el círculo de refuerzos mutuos que engendra el superyó comienza con la relación de objeto externo – y no en el juego de las pulsiones inter- nas–, poco a poco – y mi referencia a Fairbairn no es, desde luego, nada inocente en este sentido– la idea misma de pulsión de muerte se desvanece. Además, Freud se contradice. Ciertamente, él mismo lo confiesa, es difícil en- tender cómo las primeras sociedades humanas, unidas por el trabajo y la sexualidad, no hayan sido en el fondo perfectamente felices. Porque, a la inversa de lo que dic- taría su argumento sobre el salvajismo natural de seres aún insuficientemente civili- zados, se admite que las sociedades primitivas conocen relativamente poco del peso abrumador de las reglas sociales. Pero, al mismo tiempo , Freud tampoco puede afir- mar a estas alturas que, como lo sostuvo en su argumento de tipo libertario de 1908 sobre la “la moral sexual civilizada” 22 , las limitaciones represivas sobre la sexualidad sean en el fondo arbitrarias, ni que esta misma arbitrariedad se imponga, tanto de manera cruel como de forma intrínsecamente necesaria, contra el empuje pulsional de nuestros organismos. Esto es, precisamente, lo que compromete la ferocidad de la tan mítica horda “primitiva” y de los grupos de hermanos culpables que la habrían sucedido. En resumen, en cada paso, Freud tropieza sin cesar con el obstáculo tradi- cional de la génesis individualista de la sociedad humana, según el cual el hombre no es, en primer lugar, “el lobo del hombre”, sino que lo deviene porque – retomando la respuesta de Spinoza a Hobbes – nada es “más útil al hombre que el hombre” 23 . En 21 William R. D. Fairbain, Estudio Psicoanalítico de la Personalidad (1952, Buenos Aires: Hormé-Paidós, 2003). 22 Sigmund Freud, “La moral sexual cultural y la nerviosidad moderna” en Obras Completas, vol.9 (1908; Buenos Aires: Amorrortu, 1992), 159-182. 23 Baruch Spinoza, “Proposición XXXIV. Corolario I.” en Ética (México D.F.: Universidad Nacional Autó-

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