Malestar y destinos del malestar: políticas de la desdicha vol. 1
26 – malestar y destinos del malestar Políticas de la desdicha las antípodas de un orden estructurante a priori para el sujeto, donde la Ley simbólica del intercambio se encuentre investida. Por el contrario, nadamos en el más pleno rela- tivismo histórico, al modo en que un erudito formado en las ciencias médicas de fines del siglo xix concebía espontáneamente la psicología social. A su vez, Freud insiste en un antes de la cultura y, para sacar partido de esta idea, le parece inevitable suponer factores fundamentalmente intrapsíquicos, en par- ticular aquel de una movilidad que, de manera específica, dé con los objetos y los destinos de la pulsión. Pero es necesario mesurar bien esta dificultad: si hiciéramos de la vida social misma la causa explicativa de la variabilidad de los objetos y destinos pulsionales, entonces se debería asumir que la individuación corporal de los pacien- tes perdería su privilegio, el cual no es otro que aquel de la evidencia biológica de una mónada orgánica. En consecuencia, las fantasías no serían más que efectos menta- les inducidos por las demandas y los deseos del otro, mientras que la vida psíquica encontraría menos su principio en una suerte de expresividad originaria del cuerpo pulsional (que tiene a sus delegados o sus “representantes” en la psique) y mucho más en un efecto de sentido ligado al lenguaje y a las representaciones capaces de circular en el espacio social e intersubjetivo, desnaturalizando hasta lo más profundo las necesidades vitales. No obstante, resulta que, para dar tanto a la persona orgánica e instintiva (in- cluida la mutabilidad de los destinos y de los objetos inherentes de la pulsión), Freud se encuentra en la incómoda posición de no saber por qué, en general, la cultura sería de hecho necesaria o, aún más, por qué además de la vida pulsional existiría la cultura y las limitaciones del exterior. Es en este punto que las paradojas y las explicaciones ad hoc se multiplican en El malestar. Sólo mencionaré algunas cuantas, las cuales hablan suficientemente bien por sí mismas. En primer lugar, ¿cómo es que Freud puede creer que la religión “compensa” el dolor individual, transfigurándolo en delirio colectivo? Pues, no ve- mos por qué la religión no haría más que agregar , sobre el sufrimiento individual, nuevas dimensiones de la culpabilidad. Por cierto, Freud reconoce que los even- tuales consuelos religiosos son manifiestamente ilusorios a los ojos de los propios hombres, desde que ellos los relacionan al sufrimiento que les toca soportar. Pero, entonces, ¿por qué la religión? O, para ser más exactos, ¿por qué la inutilidad de la religión? De hecho, la imposibilidad freudiana de dar cuenta del estatuto intrínse- camente colectivo de las representaciones religiosas culmina, al final de El malestar, con el recurso completamente ad hoc a un “superyó social” donde se expresan las restricciones morales que sociedades enteras hacen pesar sobre sí mismas. Se puede, en consecuencia, apreciar sin dificultad el impasse de semejante idea: si se tiene real- mente la necesidad de tal “superyó social”, ¿qué nos impide pensar que por sí solo bastaría y que el superyó individual sería, de hecho, inútil?
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