Malestar y destinos del malestar: políticas de la desdicha vol. 1
22 – malestar y destinos del malestar Políticas de la desdicha que aquella parte escindida alimenta nuestra forma occidental de efusión religiosa que, mediada por el llamado al Padre, nace de la angustia original de haber perdido la relación con el Todo. Sin embargo, nada nos permite descartar, precisamente, la elección oriental de tratar al yo como una ilusión e, incluso, como una alucinación; es decir, que el yo – y no el Todo efusivo del cual procede – sería lo menos humano de todo o lo psicológicamente desviado 9 . Ya que, muy por el contrario, es la elección inicial de privilegiar las intuiciones individuales e individualizantes lo que permite, en un segundo tiempo, considerar el llamado “sentimiento oceánico” como un re- torno de lo reprimido, arraigado en la escisión inicial. En tal sentido, la elección de Freud es el opuesto exacto de la elección schopen- haueriana: en la separación individualizante, Freud privilegia al mismo yo que Scho- penhauer disuelve como un efecto superficial del todo. En todo caso, se trata aquí de una elección conceptual e, incluso, de una preferencia por un tipo de civilización (de cultura), y no de la identificación de una ilusión intrínseca del hombre en gene- ral. De hecho, más valdría barajar la opción contraria, a saber, que el efecto del yo individual sea en sí mismo algo esencialmente ilusorio. Al parecer, en este punto no sólo nos encontramos con una indicación acerca de las diferencias sustanciales que se aprecian entre Freud y Lacan respecto de la identidad yoica de los individuos, sino también nos enfrentamos con la posición opuesta que cada cual defiende respecto de las sabidurías orientales (budistas y chinas) 10 . Una vez que esta opción individualista es puesta a punto, hay que reconocer su lugar en las ideas de Freud sobre la racionalidad. Como materialista consecuente, Freud considera que el psicoanálisis es, en primer lugar, un análisis, de suerte que piensa en términos de elementos cuya composición produce totalidades. De hecho, se trata del enfoque estándar de las ciencias naturales. Reprocharle esto a Freud sería en vano, salvo que su posición nos llevara irresistiblemente a juzgar este enfoque como más científico y racional que otras perspectivas donde se procede de modo muy distinto a este ideal compositivo y, sobretodo, causal de los “efectos” del todo y, particularmente en sociología, de los efectos colectivos. En su juventud, 9 Se desprendería de esto una concepción de la relación separación-individuación muy distinta de aquella que necesariamente pasa por el Padre. La elección del padre es una elección mediada por la artificialización radical de la relación al Otro, donde Freud considera que sólo ésta daría cuenta del hecho de la cultura en tanto cultura. Pero, entonces, ya no se entiende más el punto de partida que, de forma constante, emprendería el individuo orgánico en la vida pulsional. 10 Que Freud juzgue, en suma, como patológica o efusiva la vía oriental y la anulación del yo-ilusión, se comprueba en la asimilación que hace entre el sentimiento religioso-oceánico y la narcosis. La narcosis es un concepto fisiológico del placer y del dolor. Uno comprende entonces por qué, sobre la enorme escala del tiempo de la naturaleza y de la vida, la distinción entre sociedades esclavistas o sociedades libres, por ejemplo, realmente no importa. Los esclavos, si se puede decir así, tenían “su” narcosis. Aquello que la sociedad hace de los hombres (y las diferencias que causa) es desestimado por un revés naturalista, al punto que Freud duda finalmente que los esclavos hayan sufrido realmente.
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