Malestar y destinos del malestar: políticas de la desdicha vol. 1

194 – malestar y destinos del malestar Políticas de la desdicha Además, ¿cómo el falo, en cualquiera de sus acepciones, podría llegar a traducirse en una obligación? A decir verdad, abordado de esta forma el asunto se vuelve oscuro. Sin duda, el falo tiene un lugar en el don: él indica la falta que circula, al tiempo que participa en la serie de significaciones imaginarias que acompañan al don como hu- millación, privilegio, poderío, etc. Sin embargo, no parece evidente que el falo tenga que ver con aquello que, en lo ofrecido, inscribe su obligación. Pero si en el don circula una falta, podría ser que lo ofrecido sea el amor que, como Lacan sugiere, sería dar “lo que no se tiene” 25 . Ciertamente, damos a quienes amamos y, por el contrario, retenemos nuestros dones frente a quienes odiamos. Es más, por amor nos entregamos hasta llegar a ser dichosos esclavos o desgraciados prisioneros, y el amor cortés nos entrega variadas pistas a este respecto 26 . Asimismo, en El amor de Platón , Sacher-Masoch 27 retrata al amor como un don espiritual que, apartando al hombre de la felicidad, lo ofrece a la cruel sensualidad de una voz incor- pórea que bien podría ser entendida en el dominio del superyó. En efecto, pareciera que el amor podría llegar a tender un puente entre el don y el superyó, sobretodo si se tiene en cuenta que, de acuerdo con Freud 28 , el superyó castiga por el desamor y condiciona su cariño al cumplimiento del ideal exigido. Sin embargo, ¿es posible reducir el don al amor? ¿Acaso la gratuidad del amor no se contradice con el descu- brimiento cardinal de Mauss, a saber, la condición definitivamente obligada e inte- resada del don? ¿No es el amor una de las máscaras del don, una forma de recubrir mentirosa e ideológicamente su carácter impuesto? ¿Acaso el amor no es el, por así decirlo, faux-beau del don? La exigencia de lo que no circula Sin duda, el don implica la circulación de una falta al punto que, frecuentemente, damos nada: palabras, silencios, tiempo, ganas, gestos. En ocasiones, el objeto ofre- cido no es más que una excusa, tan sólo un resto, un excedente que, muchas veces, circula sin llegar a ser reintegrado. De hecho, Maurice Godelier 29 subraya que, en numerosos circuitos de don, hay dos tipos de objeto: aquellos que circulan y aque- llos que no circulan. Estos últimos son guardados, atesorados como reliquias, rodea- dos de un halo sagrado, estéticamente contemplados pese a estar, a veces, fabricados con desechos o, incluso, con restos humanos (saliva, pelo, uñas). Pero más allá de su significación imaginaria, sobreestimada en mi opinión por Godelier, son objetos más 25 Ibíd., 140. 26 Cf. Jacques Lacan, El Seminario, libro VII. La ética del psicoanálisis, 1959-1960 (1986; Buenos Aires: Paidós, 1988); Octavio Paz, La llama doble. Amor y erotismo (1993; México: Seix Barral, 2000). 27 Leopold Sacher-Masoch, El amor de Platón (1870; Buenos Aires: El cuenco de plata, 2004). 28 Freud, “El yo y el ello”. 29 Maurice Godelier, L’énigme du don (1996; Paris: Flammarion, 2002).

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