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Auto-comprensión humana e histórica
Historia magistra vitae
Cicerón
Ser y ser-humano
A
nte todo partamos por destacar la dimensión filosófica que involucra el tér-
mino ‘ser humano’, y que se dice de modo similar en distintos idiomas. Po-
dríamos decir al respecto que se advierte algo de corte heideggeriano en ello.
Los que nos distingue, nos determina y nos define a los humanos es que tenemos
una relación con el ser, o como dice Heidegger, que “nos va” el ser. Por de pron-
to nos va el ser de distintas cosas, fenómenos, situaciones, sucesos, eventos, y
demás; y este irnos el ser supone a la vez que nos incumbe, nos importa, nos
preocupa. Nos va el ser de las personas que queremos, de nuestros familiares y
amigos. Nos va el ser de nuestro perro o gato. Pero también nos va el ser de los
otros “seres humanos”, de los animales, de las plantas, de nuestro Planeta. El ser
humano en todo lo que hace tiene esta relación con el ser de algo en particular y
sobre todo en términos de irle, de preocuparle aquello, y ello atañe al físico que
se pregunta por el ser de los fenómenos físicos, y precisamente porque se hace
la pregunta acerca de qué son ellos; lo mismo el psicólogo o el psiquiatra que se
pregunta acerca del ser de nuestra psiquis, cómo se comporta; del mismo modo
el sociólogo que se pregunta acerca del ser de lo social.
Y así como, por lo dicho, nos va el ser de esto o lo otro, lo propio del filósofo es
que le vaya el ser simplemente, o como diría nuevamente Heidegger, el
ser mis-
mo (Sein selbst)
, y no únicamente lo que concierne a este o aquel ente. Y, como
ya comenzamos por adelantar, es por ello que somos, cada uno de nosotros,
ser
humano
.
La pregunta por el ser caracteriza pues a la filosofía en sus rasgos esenciales. A
Parménides le debemos el vuelco de la filosofía hacia la pregunta por el ser. En
rigor, él es el primero en advertir que lo más esencial se juega en el ser, que pre-
cisamente cabe decir de algo en primerísimo lugar que simplemente “es”. Todo
lo demás que digamos: que eso sea grande o pequeño, fuerte o débil, importan-
te o baladí, noble o vulgar, viene por añadidura.
Para el Eleata sucede a la vez que este “es” no puede haber comenzado a ser
porque tendría que haberlo hecho desde lo que “no es”, ni puede tampoco dejar
de ser, porque después de ello tendría que ser lo que “no es”. En este sentido,
el “es”, en definitiva el ser, es eterno, no puede haber comenzado a ser ni puede
dejar de ser, dado que más allá de esos límites absolutos, iniciales o finales, “se-
ría el no-ser”, lo que es imposible y contradictorio. Ello repele al pensamiento y
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